domingo, 19 de junio de 2011

Báilele Compa.

por Botargón.

Se acercó al periódico y vio justo lo que estaba buscando: un anuncio clasificado en el que sólo necesitaba contar con buena salud y 1.75 de estatura máximo, se le hizo raro que encajara así de bien en una descripción para un trabajo.

Al día siguiente se presentó con las mejores ropas que el tiempo le había dejado, se engeló un poco el cabello, para eso de la buena presentación; tenía dos meses buscando trabajo, se puso los zapatos, los limpió un poco, lo raspado no se apaciguaba con el trapo húmedo, al llegar le sorprendió la amabilidad de la de recursos humanos, no esperaba que la contratación fuera inmediata, lo llevaron atrás a una bodega llena de medicamentos, al final del pasillo como una aparición su instrumento de trabajo.

Estuvo a punto de renunciar cuando lo vio, era imposible que terminara haciendo esto, pero al final de cuentas necesitaba ese trabajo; no sólo por las deudas, también un poco por el sin quehacer que le hacia recordar los momentos de antes, con mucho trabajo y la dignidad regada por doquier en esa enorme cabeza de felpa y plástico, logró encajarse toda la vestimenta con la incomodidad que sólo esa botarga podía otorgarle, lo condujeron hacia la calle y puso su mejor cara a eso que parecía una broma que el destino le estaba otorgando; “pagando un karma” pensó en un instante, y sonreía, aunque era imposible que las docenas de niños lo observaran, estaba cubierto de pies a cabeza interpretando un personaje, eso del teatro se le dio en un tiempo, lo agregó a su currículo. 7 kg pesaba todo el traje, cada dos horas un descanso obligado de 5 minutos. El sol hacía blando el cabello de la botarga, sus piernas también se volvían flojas; el sudor empapaba poco a poco las telas corrientes, la esponja y los grandes zapatos en los que estaba parado.

Algo extraño comenzó a pasar por ahí de la tercera semana, no pesaba tanto esa botarga, la cabeza le sentaba de maravilla no como el primer día, su sudor era recogido rápidamente por la esponja, el mismo sol, la misma cantidad de gente, los movimientos que hacían simular un monigote lleno de alegría, era intoxicante. Pasaron dos meses, las cosas extrañas seguían pasando, no era necesario quitarse la botarga, se sentía muy cómodo con ella. En los descansos ni siquiera se quitaba la cabeza, le alegraba poder verse esas manos grandes, esos pies cortos y fuertes. A eso del medio año, llevaba la botarga por la calle, iba de compras con ella, lo detuvieron unas cuantas veces, no lo dejaban pasar a algunos lugares, el solo hecho de pensar en desprenderse de ella le hacía dar la vuelta y seguir caminando.

Cuando su cuerpo comenzó a pedirle alimento se dio cuenta que llevaba casi una semana sin comer, en él esa situación era muy rara, sólo un par de ocasiones podía contar esa abstinencia de comida: una vez estando enfermo, otra en que el dinero no le ajustó. Intentó de alguna manera sacarse la gran cabeza para poder comer, no pudo, estaba atascada, parecía que le jalaban el cuero del cuello, comenzó a notar cómo el color de la botarga cambiaba, podía notar su expresión en ese rostro inerte, esos grandes ojos plásticos se ponían alegres o tristes, dependiendo de su sentido de ánimo. El hambre se le pasó rápido sustituido por un miedo descomunal; no podía verse las manos ni la cara. Pasó otro día, no tenia fuerzas para salir de la bodega a la calle, esos movimientos alegres los hacía con alguna fuerza extraña. Pidió auxilio más de una vez, los ojos se le llenaban de terror cada que alguien se le acercaba a “eso” que bailaba, que sonreía a pesar de todo. Nadie volteaba a verlo a través de la fina tela que lo dejaba ver hacia el exterior, trató con todas sus fuerzas de pedirle ayuda a la que atendía el negocio, pedir un taxi, ir a un hospital; nada funcionaba.

En la noche intentó irse de nuevo a su casa, “un mal sueño”, pensó, algo se lo impidió. Durmió en la bodega. En esos días en ratos se despertaba, la pequeña reja de tela lo hacia ver las carcajadas de los transeúntes, mientras la botarga bailaba, él seguía intentando removerse el traje con las pocas fuerzas que le quedaban. El traje le comenzó a quedar grande, y un tronar de huesos se hacía cada vez más fuerte, el temblor de las extremidades no lo dejaba estarse de pie, pero no dejaba de moverse hasta que “eso” empezó a notarse cada vez más encorvado y triste. Ya no servía para atraer a la gente, al contrario, las asustaba. Poco a poco su olor comenzó a salir de las esponjas, la piel reseca, los músculos tiesos, y el olor a carne podrida que despedía ese monigote saltarín, que al ritmo de la música se contoneaba en un vaivén gracioso y torpe. −Huele a muerto− una voz de alguien que pasaba por ahí; la encargada supo que era el momento de dar el siguiente paso.

Colgó del gancho la botarga, a los dos días llamó al periódico: –Podría poner de nuevo el anuncio de empleo de la farmacia Gutiérrez, gracias-. Colgó el teléfono, fijó su vista en la telita que dejaba ver hacia adentro de la botarga, lo supo, ya no había ojos, en poco tiempo las esponjas terminarían su trabajo. −Esperemos que el próximo sea un poco más alto y más gordito− dijo.

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