domingo, 19 de junio de 2011

COMO EN UN TREN.-

por Soñadora de cuentos.

A Juan José Arreola.

Imaginé que íbamos en un tren. Un tren que iba a todas partes y a ninguna. Que de forma acompasada avanzaba de la estación de los sueños, a la de los amores encontrados. En ratos dormitaba, o dormía de manera profunda arrullada por el compás de la locomotora. Los sueños venían a mí convocados por un aire lleno de nostalgia. No había pesadillas, nada que me turbara, sólo paz, una especie de limbo... Un tren del que no quisiera bajarme nunca. Ningún recuerdo viene a mí, ni aquellos que me son ingratos, ni tampoco las hermosas vivencias de mi infancia. De pronto el timbre del teléfono me arrebata por completo de ese estado un tanto ambiguo, lúdico. Me despierto del todo a mi fría realidad. Tú ya no estás en mi vida, estás para otros, para otra, mejor dicho. Debo dejarme de eufemismos. Eso me dice en la terapia la psicóloga que mi prima se empeñó en que consultara que porque iba para abajo como avión en picada, yo más bien diría que como tren que se descarrila.

Han pasado meses, casi un año y yo sigo atorada, (perdida en una estación del ferrocarril cargando mi valija de tristeza), en ese preciso momento en que cerraste la puerta tras de ti, de manera definitiva. No doy con el motivo de tu partida, te tuve siempre a tiempo la comida, tu ropa impecable, la línea de los pantalones perfecta. Me detenía de salir no fuera a ser que olvidaras algún papel de la oficina; quería que me encontraras en cuanto cruzaras el umbral de la casa. Aprendí a cocinar tus platillos preferidos. Acudí varios días a casa de tu mamá para que me instruyera. Un poco reacia al principio, terminó por darme sus recetas. Fue en vano. Me dijiste que aunque eran los mismos ingredientes, les faltaba la sazón de tu madre... De tu ropa no tenías ninguna queja; nunca la di a planchar, yo misma te la arreglaba con el mayor de los esmeros. Al tomarla en mis manos hacía de cuenta que te abrazaba. Tú nunca me hacías ningún comentario, bueno, un día te quejaste de que le había puesto demasiado almidón a tus camisas, y yo la única excusa que tenía es que un día me habías dicho que los cuellos se te andaban bajando. Hasta el trabajo dejé con tal de atenderte como te lo merecías, y comenzaste a regresar a la casa con señales en el rostro de un cansancio infinito. Me sentí forastera en mi propio hogar que se fue convirtiendo en una estación vacía...

No se podía encontrar ninguna partícula de polvo en todo el departamento. Vaya que llegué a ver cómo pasabas con aire distraído el dedo índice por sobre el sofá y la mesita del recibidor y te salía siempre limpio. Bien que tomé nota de lo hacendosa que es tu madre. Pero lo que en ella te parecía un cúmulo de cualidades en mí solía molestarte. De ello me di cuenta el día en que dijiste, más bien me lo gritaste a la cara: “sólo eres una replica caricaturesca de mi madre”. A partir de ese día deje que un polvillo ansioso se fuera juntando con mi desaliento por todos lados, y no me importó si tus camisas no las planchaban bien en la tintorería. Desde entonces me sentí tan confundida como en el cuento de El guardagujas. Cada vez tenías más pretextos para llegar tarde. Por primera vez me la pase mano sobre mano; viendo como el reloj apenas si avanzaba, retardando con crueldad la hora de tu llegada. Perdí mi equilibrio, te perdí a ti… Con los míos no quise recurrir, bien que me advirtieron que no me casara contigo que porque eras el “hijito de mamá”.

Como me sobraba tanto tiempo, tomé la costumbre de acostarme hecha un ovillo aquí en el sillón de nuestra recámara ¿o debo decir de tu ex recámara? El caso es que allí me daba unas dormiditas tan ricas, imaginando que íbamos en un confortable vagón de un tren sin destino alguno. Sin más pasajeros que tú y yo. Con nuestros cuerpos estrechamente enlazados, con esa sensación grata de un paraíso recién descubierto, de los primeros días de nuestro matrimonio en los que ni esperanzas de que te quejaras de que le dedicaba más tiempo al arreglo del departamento que a ti. Pero si todo lo hacía para que estuvieras atendido como un rey, como me decías que tu madre siempre te había tratado, como ella no perdía oportunidad de hacérmelo saber. Bien que no se cuidaba de ocultarse de mí cuando te revisaba desde la punta de los zapatos hasta el cuello de la camisa, para terminar diciéndome que la valenciana del pantalón estaba mal planchada, o si no resultaba que tú eras alérgico al jabón con el que yo cometía la torpeza de lavar tu ropa.

Por ello opté por quedarme recostada en el sillón, imaginando que tú y yo nos íbamos de viaje a un lugar en el que ningún espía nos encontraría, en especial tu madre. Quedando así al resguardo de falsas estaciones y espejismos… Donde ningún reloj se atarea en marcar el tiempo, y por las ventanas no entra ningún airecillo indiscreto, porque tuve cuidado de dejarlas bien cerradas. Ni siquiera compraríamos el periódico indiferentes a si el mundo se habría descarrilado… Las plantas allá en el patio se irían desbordando, tanto que las enredaderas invadirían los pasillos hasta que ya no se pudiera salir ni entrar… Aquí solos tú y yo. ¿Qué más podría desear? Ya ni siquiera tendría que copiarle las recetas a tu madre, porque ni hambre nos daría. Nos bastaríamos a nosotros mismos con nuestro amor acompasado por la máquina del tren, y al fin nuestras vidas tomarían algún rumbo… Pero me despierto y es la psicóloga la que está aquí a un lado mío. Yo recostada en su diván, maldiciendo que tú no estés más a mi lado.

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