domingo, 19 de junio de 2011

ESTAMPA DEL NORTE

por Sr. Cloverfield.

(I) – Tres meses sin avances Rodríguez. Ante el patronato dijo que no excedería de fin de curso –Sentenció el rector–. Tendrá que buscar financiamiento o cancelar…

El Dr. Rodríguez, catedrático investigador del Politécnico de Sinaloa, peinó su cabellera con los dedos de forma algo nerviosa. Había estado trabajando en una aleación metálica bastante promisoria y ahora el rector le daba el ultimátum al proyecto de toda una vida.

−No lo sé −En la voz de Rodríguez había un leve pesar–, no creo que alguien se interese.

El rector le dio al catedrático algunas tarjetas de negocios con diferentes nombres y le sugirió organizar una ponencia. Después de todo era un hombre que apreciaba el esfuerzo.

(II) Había sido una noche común y corriente en Tijuana. 17 muertos aún contando al último que se reportó entre las calles de Ayala y Agrarismo. Una jornada de lo más ordinario en las oficinas de la Procuraduría General de la República. En su cubículo, la comandante Antelma ‘la nazi’ Osorio recibía a un uniformado con noticias urgentes.

–Homicidio en el suroeste, comandante, un acribillado por balas electrovoltaicas.

–¿Y eso qué pinches tiene de raro? –retrucó ‘la nazi’.

–Eran de primera generación comandante, alta densidad, del tipo M-Tesla.

–Ah-chingá, ah chingá… –musitaba ‘la nazi’ al leer el informe. Levantó la vista y de manera casi automática encendió el radio, se comunicó con la central y dio la orden–. Clave 40, repito ¡clave 40! ¿Me copian? –Osorio, de piel morena y rasgos delicados, sacó a flote la fuerza de mando que era el origen de su peculiar apodo.

–Copiamos comandante, esperando órdenes, cambio.

–Cerco geno-dinámico 1-ZX en todas las salidas, sólo gamma y delta con permiso químico salen, comuníqueme con Mexicali y den parte al gobernador, cambio y fuera.

–Copiado. Transmisión a Mexicali entrante, central judicial de Tijuana fuera.

–Comandante, reporte de ataques por electrovoltaicas, dos en el sur y dos el centro –Irrumpió un nuevo uniformado de voz urgente, cuadrándose junto a su compañero y entregando a ‘la nazi’ la hoja con los datos.

–Me lleva la chingada… Órale güeyes, a chambear que esto se va a poner feo –sin aflojar el tono férreo en su voz, ‘la nazi’ recordó sus clases en la academia: “los cartuchos tritio/níquel/cobre fueron desarrollados en el 2018 y se usaron principalmente en guerrilla urbana”–. ¿A quién riatas se le ocurre usar pistolas de hace un siglo en una revolución? –Refunfuñaba ‘la nazi’ mientras se calzaba su antibalas, casco y su ametralladora de plasma.

En los implantes neurales de algunos agresores recién fallecidos, peritos del Servicio Médico Forense encontraron palabras como “revolución” “civil sin registro” o “DeMon Corp” y referencias a documentos antiguos rescatados de un viejo edificio.

A la madrugada del lunes, un tercio del cuerpo judicial había fenecido a manos de los insurgentes y algunos incendios cobraban víctimas al este de la ciudad, al atardecer las llamas se habían extendido por media ciudad y el 78% de los judiciales habían sido muertos o desaparecidos. Antelma ‘la nazi’ Osorio murió durante una operación de emergencia después de un improvisado asalto al cuartel general de los insurrectos.

(III) El rancho La Providencia estaba a algunos kilómetros de Médanos, cerca de la frontera con Sonora. Gerardo ‘la liebre’ intentaba afanosamente abrir una zanja que llevara agua a los plantíos de algodón desde el modesto pozo del rancho. Fue un golpe de suerte que Gerardo diera con un cable blindado en pleno canal, en ocasiones anteriores había encontrado pedazos de muy vieja basura metálica por los caminos de sus plantaciones pero esto era diferente. Con algo de esfuerzo, ‘la liebre’ logró sacar por completo la caja metálica y quitarle una tapadera para encontrarse con lo que parecía un motor antiguo, unas barras de hierro y manuales técnicos.

La Providencia se consagró como el principal productor de algodón durante la anunciada sequía y su producción agrícola comenzó a despuntar en la región. A casi un siglo del colapso civil de Tijuana, poco se sabía ya de ‘la liebre’ y mucho se comenzó a hablar de Don Gerardo, magnate que muriera apenas entrada su madurez a manos de un famélico puñado de asaltantes que irrumpieron en La Providencia con la intención de llevarse un rumorado motor mágico que hacía fértiles las arenas del desierto.

(IV) Alejandra, pasante de ingeniería en nuevos materiales, compartía la tristeza de su profesor al ver que los convocados abandonaban la sala de juntas. Todos, menos uno de notorio temple que se dirigió al profesor con un marcado acento del norte.

–Les compro la patente, estoy interesado en almacenamiento energético de alto nivel.

–Señor, mis convicciones me dictan que primero es el pueblo y luego la ganancia.

–¿Qué pide a cambio? – Preguntó el ofertante con aire de naturalidad. Alejandra y su profesor intercambiaron ideas al oído, finalmente habló la joven.

–El 55% de las ganancias divididas entre el politécnico, el resto del equipo y nosotros, además de su palabra de no interferir en la dirección de la investigación, señor…

–Monroy. Delfino Monroy. Tienen los dos mi palabra –dijo el ofertante extendiendo la diestra para estrechar la mano del profesor, la chica y dar por cerrado el trato.

(V) Derribado momentos atrás, el helicóptero que llevaba al Dr. Rodríguez y al único prototipo de su irrigador de níquel/fósforo ardía en aquella planicie desértica. La investigación había concluido algunas horas antes de la tragedia y muchos años después de que Rodríguez entrara a DeMon-Corp. En una loma a algunos kilómetros del siniestro, Delfino Monroy bajaba los binoculares con los que contemplaba la escena. La columna de humo se distinguía perfectamente en el horizonte, no era necesario buscar sobrevivientes.

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